Es importante reflexionar sobre la naturaleza específica
de la política educativa y sobre lo que de ella se espera. La educativa no es
una entre otras políticas públicas, comparable a la del sector energético, de
industrias o de economía y finanzas; su objeto es el desarrollo de las actuales
y siguientes generaciones, y eso le da rango especial y carácter central. Si
bien está condicionada por las políticas económicas y otras realidades
sociales, es ella la que debe articular a las demás, definir sus horizontes e
imprimirles su significado humano.
Hacer política en este sentido esencial no se reduce, entonces, a regular la extensión y calidad de la enseñanza ni a normar el acceso de los grupos sociales al conocimiento; ni siquiera elaborar programas de calificación de la fuerza de trabajo para garantizar el desarrollo de la economía. Más allá de esas tareas de desarrollo organizacional o ingeniería social, la política educativa es un necesario ejercicio de filosofía.
El objeto de la política educativa son los aprendizajes futuros, posibles y deseables de una sociedad determinada. Porque los hombres somos capaces de aprender a ser mejores, de crear posibilidades inéditas, de indagar sobre las maneras como aprendemos y asimilamos valores, como inventamos comportamientos ciudadanos democráticos y construimos nuevos proyectos colectivos. Por eso, el objeto de la política educativa se extiende a las posibilidades de la inteligencia no menos que hacia los mundos misteriosos de la intuición y los sentimientos, del arte, de la convivencia y las éticas sociales; con todo se relaciona y de todo se nutre.
Hacer política en este sentido esencial no se reduce, entonces, a regular la extensión y calidad de la enseñanza ni a normar el acceso de los grupos sociales al conocimiento; ni siquiera elaborar programas de calificación de la fuerza de trabajo para garantizar el desarrollo de la economía. Más allá de esas tareas de desarrollo organizacional o ingeniería social, la política educativa es un necesario ejercicio de filosofía.
El objeto de la política educativa son los aprendizajes futuros, posibles y deseables de una sociedad determinada. Porque los hombres somos capaces de aprender a ser mejores, de crear posibilidades inéditas, de indagar sobre las maneras como aprendemos y asimilamos valores, como inventamos comportamientos ciudadanos democráticos y construimos nuevos proyectos colectivos. Por eso, el objeto de la política educativa se extiende a las posibilidades de la inteligencia no menos que hacia los mundos misteriosos de la intuición y los sentimientos, del arte, de la convivencia y las éticas sociales; con todo se relaciona y de todo se nutre.